domingo, 7 de marzo de 2010

Primavera


Allí, donde enterramos a los perros y celebramos tantas veces el sol y la música. El mismo lugar en el que alguna vez fuimos una familia que se creía conocer, y como equipo recibíamos a los de nuestro apellido, a los extraños. En ese mismo mundo que regía nuestra madre y al que acudíamos con el hambre que sólo sacia cierto sazón.

Donde dejamos de decir que nos queríamos y pusimos una reja negra que marcara los territorios. Ese lugar que luego abandonamos, como nos abandonamos unos a otros, y por el que comenzamos a transitar por turnos, rumiando la tristeza de no haber sido nunca lo que creímos que pudimos llegar a ser.

Fuimos inocentes y la realidad nos atrapó en un silencio que no va a terminar. Pero en la primavera, el durazno sigue floreciendo.

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