martes, 30 de noviembre de 2010

Cuento de otoño

Cada mañana cuando ponía el café recordaba que su vida ahora estaba llena de voces que no eran humanas. El rumor sedante del refrigerador que nunca para y las bellotas golpeando las ventanas, como si el viento fuera un niño travieso queriéndola obligar a mirar más allá del cristal para seguir con los ojos la caída suave de las hojas, el balanceo de las ramas, el sol que nunca deja de dar vueltas al mundo y organizar la vida de los obedientes.

Hablar es difícil cuando te acostumbras a la música y la soledad. El tiempo pasa leve en la casa, se puede cantar, andar de la sala a la habitación, encontrarte con las letras de los muertos, tan pacíficos y amigables, que esperan en el estante a que quieras hacerles caso. Hay libros que recitan al oído suavemente sus secretos; otros gritan desesperados ideas descabelladas; los menos son islas que te capturan el alma.

Ella pensaba que cuando estás solo eres eterno y adquieres la textura de lo que te rodea: ahora te deslizas como una sombra lenta sobre la tela del sofá; ahora pasan tus páginas como la anécdota emocionante de un estudiante que vuelve de la escuela; ahora reptas por los muros como una araña diminuta con un dibujo de estrella en la espalda. Se imaginaba que podría estar así durante siglos, sin más recordatorio de sí misma que la mente y el espejo.

Pero luego llegaba la noche y aparecía el Otro, con sus ojos de animal marino y un cuerpo que no rompía la calma, que se mezclaba poco a poco en el ambiente. Ella se desprendía de sus ocho patas, la tinta otra vez era sangre, adquiría color y volumen. Abría los ojos para besarlo y al tocarlo era de nuevo una mujer, a punto de tener voz para relatar las pequeñas maravillas de aquel día.

2 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Amiga siempre un placer pasar por tu rincón. Feliz semana.

Saludos y un abrazo.

garrulo dijo...

engancha desde la primera frase.
Te mete de lleno en la piel de la narradora.