domingo, 5 de septiembre de 2010

Por qué amo los días de lluvia



Aún no cae la peor lluvia del año y sin embargo haciendo fila todos contamos las gotas, inmóviles, tendiendo un campamento inesperado sobre el segundo piso del periférico. Algunos cantan, otros caminan despacito por donde siempre se transita a noventa kilómetros por hora. Sin el refugio de la velocidad solamente somos un montón de personas que bajan de sus fieras a platicar, mientras la caída fina se nos mete en los cristales de los ojos. Los niños preguntan qué pasa, un poco nerviosos lejos de sus aparatos, y nosotros aventuramos hipótesis de muertes o inundaciones sobre el aire.

Pasa el tiempo, nos quedamos obervando la ciudad, alguien saca un suéter extra de la cajuela, el domingo es tan oscuro y hermoso como tus brazos. El agua juega con lo liso y lo poroso como yo con tus huesos y tus complicaciones. Los faros de freno nunca han sido tan intimidantemente rojos ni el silencio tan verdadero. Aquí no hay ruido que valga para deshacer el optimismo. Organizamos el regreso al origen, uno a uno vamos dando la vuelta en U, estamos inventando el sentido contrario, somos dioses emocionados y prudentes. Una señora dirige la operación; un hombre a mitad de los cincuenta sonríe y da voces firmes, indicaciones atinadas. Los demás somos soldados del ejército que escapa, disciplinado y afanoso.

Pero, para el desencanto general, llega la policía. Tres motociclistas solemnes nos indican que ya hay camino y vamos todos siguiéndolos, lentamente, como un cortejo de princesas o una expedición a tierra ignota, esperando poder verle la esquinita al desastre que nos hizo hablar como las personas de antes, creyendo que quizás valió la pena. Enciendo el motor y el segundo cigarrillo que me diste para volver a casa. Subo el volumen a la canción y con Willie Colón, me pregunto, "oh, qué será...".

Es la lluvia, mi vida, con tan poderosa magia, que hasta tiempo nos dio para jugar.



1 comentario:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Yo amo la lluvia, porque en mi tierra, cuando pega el sol, no hay donde esconderse...

jajaja

Saludos y un abrazo.