Abrir la boca y decir lo que se siente, sin pensar. Usar la noche y la música, reír y bailar, apoyarse en unos brazos que tiemblan con las palabras. Una casa vieja, la casa de alguien más, para desbaratar el nudo de las pretensiones y dar el paso delicado de lo perfecto a lo real.
Un estremecimiento que termina de madrugada, una concesión a lo que es, un recomenzar las historias que se cruzan, siempre mirándose apenas, y percibir la inminencia salada del llorar. Sacar las lágrimas empujando con los huesos más pequeños, ablandarse poco a poco hasta ser bestia sin voz otra vez, dejar ir la furia de todos los hubiera y caer rendido por hacer lo que no se quiere, lo que se debe, lo inevitable.
Ser a la mañana frágil y nuevo, expuesto sin remedio al sol y al tiempo. Y saber que es solamente una fracción de ángulo la que ha cambiado en la mirada, una sombra menos, un secreto más ganado al miedo, un trabajo tan arduo que no queda más que dormir por dentro para seguir viviendo.
