viernes, 13 de agosto de 2010

Sangre paralela

Irse del otro es fácil. Sólo toma el esfuerzo necesario para comprender la razón y luego caminar tranquilamente hacia la salida, fumando y pensando que así es esta especie voluble y cruel. Sólo la primera separación duele, tanto que vale por todas las que le seguirán, pues es el quiebre permanente de la ilusión que entraña el "siempre". Abandonar al otro es como beber agua. Un giro mental en el que lo despojas de sus nombres y atributos; una decisión definitiva, la de desencadenar una tormenta que se vivirá por separado, cada quien sus truenos y sus gotas frías.

Decir adiós es simple. Sólo hace falta decirlo y volverse a mirar en el espejo. Hasta las lágrimas, con el tiempo, se van domando y lo que arde sobre las mejillas ya nada más es el vacío.

Pero la sangre paralela que se aleja me deja sin fuerzas, sin recursos retóricos o prácticos. No pensé en ese adiós, no puedo sentirlo aunque exista. Teníamos que ser dos criaturas enfermas de soberbia en una guerra que se tiende sobre el silencio, después de ser capaces hasta de leernos la mente.

Te lloré. Ya no te lloro. El nudo en la garganta no se va y te extraño aún como el reflejo más fiel del conflicto secreto que guía nuestras vidas. Demasiado atado a mi nombre está el tuyo como para creerme la mirada que desvías cuando nos encontramos por casualidad.

Ojalá todavía pudiera llorar, al menos podría disolver esta angustia de saberte, cada vez más para siempre, fuera de mi vida.

¿Y por qué esto sí es para siempre?

2 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Amiga, nunca, nada, es para siempre... Quien te diga lo contrario: Es mentira.


Saludos y un abrazo.

Carlos dijo...

"para decir adiós,
solo tienes que decirlo..."

Si, decir adiós es simple, lo complicada es iniciar la senda del olvido.

Un beso.