martes, 12 de junio de 2012

En el parque

Aquella tarde los palacios de cristal y los quioscos del siglo XIX temblaron con los hilos del aire. Los árboles dijeron esas palabras de follaje reservadas para los momentos más importantes de una historia que ignoramos. Los paseantes, en los botes de remos del estanque, sintieron frío aunque el sol tenía intenciones de seguir sobre la ciudad hasta las diez de la noche. Junto al agua, la  estatua del rey tembló en su columna: miró hacia abajo, buscando a sus leones de bronce y sus diosas de piedra para que le recordaran su antigua grandeza. Y es que, por un rato, solamente existió el cielo.


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